“Insanity is all around us”
(Our Solemn Hour, Within Temptation)
“Would you mind if I hurt you?
Understand that I need to
Wish that I have other choices”
(What have you done, Within Temptation)
No se suponía que fuera así. Después de un día del trabajo vuelvo a
casa para encontrarme a la mesa sin preparar. La preparo antes de hacer
la comida: sólo un plato, sólo un tenedor y un cuchillo, sólo una copa
para el vino. A pesar de eso, me esmero en prepararla lo mejor posible,
usando el candelabro y velas que sólo reservábamos para ocasiones
especiales, después de una caza especialmente satisfactoria. Las velas
estaban consumidas casi hasta la mitad.
A la hora de cocinar, no creo que haya habido chef que haya tratado
con igual cuidado su ingrediente principal. Cada corte era preciso y
meticuloso. Su tratamiento de aquí para allá llevado a cabo con
reverencia, cuidado, atención. Era… de momento, lo único que podía
hacer.
No me contentaba hasta que el sabor fuera perfecto, algo que podía
imaginar costara una fortuna servido en un restaurante de cinco
estrellas. Sólo entonces serviría para mí mismo, dejándome inundar con
el aroma, y, sentado a la mesa, juntaría mis manos para agradecer por el
alimento que me había tocado en gracia.
No a Dios, desde luego. Un padre que permitiera que cosas tan
horribles pudieran sucederle a la vida de sus hijos no merecía la
devoción de nadie. Lo sé bien, porque soy una de esas cosas horribles.
Él y yo lo éramos.
A él no le gustaba esa denominación. A lo sumo éramos incomprendidos,
diferentes, desconectados en el mejor de los casos, pero yo no quería
endulzármelo. La visión de los normales era lo que tenía más peso en ese
mundo y no podía ignorar su mirada, por más que lo quisiera. Era este
conocimiento el que nos había mantenido a salvo durante tanto tiempo.
Por supuesto que había riesgos. Ni el mejor plan estaba libre de
fisuras. Lo sabíamos, los dos lo sabíamos, y al final no nos había
servido de nada. Acabado de pronunciar el gracias, tomaba el primer
bocado. Con lentitud, con calma, saboreándolo.
“Está bien”, me dije y en verdad era un consuelo poder hacerlo. Era
como el mantra mágico que me permitía por fin relajar los hombros,
sentirme libre de la presión de vivir un duelo. “Todavía está aquí.
Mientras lo tenga aquí, no estoy solo.”
Devoré hasta el último pedazo. Daba lo mismo que en realidad fuera
demasiado para el tamaño de mi estómago tal como estaba, acostumbrado
como estoy a cocinar para dos. Haré espacio para él como ya lo he hecho
en todos los otros aspectos de mi vida. A esos los iré llenando con el
tiempo, con pasatiempos, novelas e ideas. Este otro de aquí adentro
puedo llenarlo ahora, en mi mesa y con lo que hay sobre mi plato.
Me convenzo de que porque es la carne de mi amor sabe mejor que los anteriores.
Cuando termino con mi segunda copa de vino, ya estoy listo. Los dos
lo estamos. Recogí todo y lo dejé remojar en la lavavajillas.
Normalmente lo habría limpiado de inmediato, pero no hoy ni mañana.
Tengo otras cosas que hacer.
Esta noche saldré yo de caza.
——
Nos conocimos en la universidad, yo un estudiante de computación y él
un conserje. Nunca había creído que el amor a primera vista existiera
hasta que nuestras miradas se conectaron. Hubo algo que se me hizo
imposible de ignorar. Sentí que aún si no lo conocía del todo y teníamos
miles de conversaciones pendientes, no importaba porque al menos ya nos
habíamos encontrado. Nos seguimos encontrando en diferentes sitios
durante el transcurso de unos meses. Sabía que no era ninguna
casualidad, pero seguí fingiendo sorpresa hasta que él mismo me lo
confesó en una de nuestras “citas.” Creía que iba a pensarlo un loco por
no haberme pedido directamente. En realidad me parecía de lo más lógico
y así se lo dije.
—No se puede atrapar a una presa preguntándole. No tiene ningún chiste así.
—¿Ah, sí? –dijo él y escuché una leve pausa que expresaba tanto duda
como excitación—. ¿Y qué crees que voy a hacerte una vez te atrape?
—¿Quién te ha dicho a vos que yo sería la presa? –Tomé la cerveza que
bebíamos en aquel bar y le sonreí, con esa sonrisa que sólo le había
dedicado a otra persona en el pasado—. A lo mejor yo te estoy tendiendo
la trampa y nada más espero a que agarres el señuelo.
—¿Y qué harías a partir de ahí? –me preguntó ese hombre levantando la
mano y recorriendo con un dedo una línea sobre una arteria principal.
Debió sentir que mi pulso se aceleraba porque le vi sonreír con aire
satisfecho. Le miré a los ojos mientras hablaba. Había tanta seguridad
en su postura y en sus palabras que mi bromista intento de tomar las
riendas se sintió de pronto tonto, sin sentido. Supongo que estaba bien
así.
—Pedirte que no te vayas –le dije con una sinceridad que hasta a mí me alarmó pero no quise retener.
Si yo tenía razón (yo era demasiado nuevo en esto, después de todo),
él estaba esperando que le dijera algo así, una promesa de que no
escaparía. Si me equivocaba, acababa de hacer el ridículo y ya podría
irme muriendo de la vergüenza. Me di cuenta de que me acariciaba la
línea del mentón con el pulgar, como si estuviera registrando la forma.
Todavía no sabía cuál de las dos era hasta que volvió a sonreírme.
—¿Quieres venir a mi casa?
La casa era un departamento en un edificio de barrio abierto. El
hombre saludó al pasar a unos chicos que daban vueltas con su bicicleta
en la plaza y estos le saludaron de vuelta. Vivía solo. En el interior
me invitó a sentarme en un sofá de su sala mientras que él buscaba algo
que quería enseñarme de su cuarto. Miré los estantes con algunas pocas
fotografías en las que los lazos de parentesco saltaban a la vista,
junto a pequeñeces que debían ser recuerdos de viajes y unos libros con
novelas de suspenso. Era tan absolutamente normal, común y corriente que
por un momento me asusté, temiendo haber cometido un espantoso error y
que la noche acabara siendo sexo sin la menor trascendencia. La
inseguridad me había vuelto estúpido y olvidar el hecho de que si ahora
él viera mi propio hogar, tampoco encontraría nada extraordinario.
Cuando él regresó llevaba una carpeta en las manos, de ese tipo de tapas duras que usan los chicos para ir al colegio.
—Míralo y dime qué opinas –dijo, poniéndomelo sobre el regazo.
Tomé la tapa de la carpeta y lo abrí, esperando que fuera un álbum de
fotos familiares, prácticas de dibujo de ilustración o, peor todavía,
el manuscrito de una novela en proceso. En su lugar encontré recortes de
diarios pegados sobre las hojas. Las fechas hablaban de más o menos
tres meses de diferencia y cada uno hablaba de un caso de asesinato
diferente. Chico, chica, chico, chica. No discriminaba. La mayoría eran
de aquí, pero otros eran fotocopias de diarios en Buenos Aires, Mendoza y
uno en Brasil. Trece en total.
Levanté la vista. Estaba sentado con la pierna cruzada y los brazos
sobre los apoyabrazos, tocando rítmicamente la cubierta con un dedo
mientras esperaba a que yo reaccionara. Aunque yo no lo veía sabía que
tenía un arma alguna parte, lista para acabar con mi vida si pronunciaba
la respuesta equivocada. De modo que yo no era el único que no podía
predecir esta noche. Era bueno saberlo.
Cerré la carpeta y la dejé sobre la mesa con el mismo cuidado que si fuera un invaluable tesoro ajeno.
—Interesante –dije—. Un montón de tiempo para hacer todo eso, imagino.
Él se inclinó hacia adelante y juntó las palmas. No pude dejar de notar lo grandes y ásperas que parecían.
—Un montón, sí –respondió, todavía usando un tono suave y afable—. ¿Vos tienes algo así?
Era la pregunta que estaba esperando.
—No un álbum –confesé—, pero sí uñas. Lavadas, claro. No muchas. Cuatro de una sola mano.
—¿Alguna razón para que sean uñas? –dijo, frunciendo el ceño.
—Me gusta tener algo que masticar –respondí, bajando la vista,
mirando mis propias uñas necesitadas de un corte—. Siempre me ha gustado
morder las uñas. Es un mal hábito, ya sé.
—Vieras que nunca he entendido por qué era eso. Es parte del cuerpo,
igual que la saliva y la sangre, ¿y qué hace uno cuando se corta con el
papel? Llevarse el dedo a la boca. No entiendo cuál se supone es la
diferencia con las uñas –Se echó hacia atrás en su silla y se apartó el
pelo, notablemente más relajado que antes—. Sólo una mano, ¿eh?
Asentí.
—¿Qué pasó con el resto?
—Me lo comí.
—¿Todo?
—Bueno, lo que se podía, obvio. Pero era un montón y tuve que
repartir entre familiares y amigos. No es por presumir, pero hago un
buenísimo asado. Se lo acabaron en una noche. Les dije que era cerdo.
El hombre se echó a reír. No supe si era porque era la primera vez
que hablaba con nadie de esas cosas o porque ya estaba irremediablemente
prendado, pero me sentía con la bastante confianza para caminar hacia
él y arrodillarme entre sus piernas. Conozco la dinámica de situaciones
como la nuestra. Uno siempre debía ser el dominante. No me importaba
prescindir del puesto.
—¿Te parezco aburrido porque sólo haya sido uno? –pregunté, mirándole desde abajo.
—No –dije y él también pronunció la respuesta correcta, esa que yo
esperaba—. Todavía tienes tiempo para hacer muchos más. Los dos podemos
hacerlo si quieres.
—¿Sí? –inquerí con una vergonzosa esperanza.
Él me acarició la cabeza, abriéndose de piernas.
—Sí.
Extendí la mano hacia su bragueta y me di a la tarea de sellar mi destino.
——
El catorce de febrero no significaba nada para nosotros hasta que ese
se convirtió en nuestro día juntos. No teníamos ningún motivo para
suponer que así sería, como suele suceder cuando a las tragedias se les
ocurre venir de pronto. Alguno dirá que con la forma de vida que
llevábamos se veía venir. Tal vez. ¿Qué importa?
La rutina que habíamos armado era sencilla. Escogíamos entre los dos
la que nos parecería la mejor carne en una discoteca y él se acercaba a
entablar conversación, endulzarle el oído o impresionarlo con su cuerpo,
lo que la carne en cuestión necesitara para seguirlo hasta el
departamento que teníamos alquilado aparte en otra parte de la ciudad,
más alejada de los centros comerciales y por lo tanto más discreta. Lo
teníamos lo suficientemente equipado para hacer colar la historia de que
él se acababa de mudar y todavía no tenía todo desempacado. Si alguno
de ellos se le hubiera ocurrido mirar dentro de las cajas de cartón que
había por la sala habría encontrado cuerdas, cantidades industriales de
plástico, guantes, frascos, catéteres y otros instrumentos que podrían
encender más de una alarma.
Él les ofrecía una bebida para relajarse y daba igual que ellos
escogieran vino o cerveza, porque siempre teníamos a las dos preparadas.
La droga los ponía idiotas, desorientados, pero no completamente
inconscientes, eso le habría aburrido. Un poco de lucha, la oportunidad
de poder imponerse físicamente, era uno de los aspectos que más le
habían atraído del hecho. Al principio los ahorcaba o golpeaba la cabeza
contra el suelo, pero a medida que pasaron las semanas empezaba a
volverse más descarado, más experimental.
Quisiera decir “se lo advertí”, pero no lo hice.
Él finalmente adquirió un sólido aprecio por la tortura. Si estaban
vivos y totalmente conscientes mientras lo hacía yo me daba cuenta,
porque en esas noches él no esperaba un segundo más para tomarme contra
el suelo, como perros de la calle, apenas unos metros de donde las
pupilas de la carne nos observaban sin vida, acumulando sangre.
Esas eran mis noches favoritas.
Pero en esa última, a las dos de la madrugada no recibí el mensaje de
costumbre para que subiera. No le di importancia y le di otra vuelta a
la ciudad. A las cuatro seguía sin haber noticias. A las cinco fue el
primer cliente de una panadería y a las seis le mandé un simple “qué
tal” por mi cuenta, sin recibir respuesta. A las seis y media subí las
escaleras del edificio y encontré la puerta semi abierta.
En el interior mi amor estaba acostado en el suelo. Unas moscas ya
habían comenzado a revolotear a su alrededor por culpa del calor. Lo
habían desangrado de un corte en el cuello.
Ahora está bien. Muerto, pero bien conservado y con cada pedazo que
consumo sé que estoy absorbiendo algo suyo, algo que ese cerdo podrido
no podría haberle quitado tan fácilmente. Esa noche tenía trabajo y no
pude acompañarlo en las primeras fases de la caza. No sabía quién había
sido su atacante, pero tampoco tenía importancia.
Él me iba a indicar quién era, quién había sido, a quién debería
matar. Rugía desde mi interior como si hubiera vaciado mis tripas para
hacer lugar al plato principal. Era un sonido claro y ligeramente
amenazador que las personas en mis inmediaciones podían escuchar sin
problema. Mientras más potente fuera con mayor seguridad sabía que
estaba cerca.
Y cuando eso sucedía no asaba mucho tiempo hasta que la persona
dejaba de respirar. No me alimenté de ninguno de ellos, sólo de él, ya
que de otro modo se habría sentido como una traición. Sabía que no eran
ellos cuando acabada la persecución percibía un curioso desasosiego, un
sentimiento de rabia frustrada y amargura ajenos a mí. Entonces sabía
que había fracasado una vez.
Fue a través de este método que aprendí que el cerdo debía ser rubio,
no mayor de treinta. Los castaños o pelirrojos o teñidos de cualquier
otro color no causaban el menor efecto.
Me desesperaba con cada día que
no lo encontrara. Sé que mi amor no me durará para siempre. Los brazos y
piernas ya no existían como tales y la caja torácica se estaba vaciando
entre rociadas de aceite y humo. Era tan bueno, pero tan escaso. ¿Qué
si empezaba a ir por la cabeza, me acababa cada uno de los sesos y
todavía enfrentaba fracaso tras fracaso, pero ahora sin nadie que me
hablara desde adentro, completamente solo de nuevo? Esas preguntas me
mantenían despierto por la noche.
Había llegado al corazón y los pulmones cuando finalmente lo
encontré. Esta vez el rugido se extendió desde mi centro por todo mi
cuerpo y pareció resonar con más fuerza dentro de mi cráneo. Le di unas
palmadas a mi estómago redondeado para calmarle y me acerqué a la barra
adonde él estaba cabizbajo, apenas dando sorbitos de su bebida.
Era rubio, desde luego. Ojos de esa tonalidad que no se sabía si eran
verdes o azules. Labios gruesos como una mujer desearía tenerlos. Se
veía que tenía una buena piel y gozaba de buena salud. Podía entender
que él lo hubiera elegido.
En un primer momento el jovencito parecía nervioso, inseguro. Decía
que sólo había venido porque sus amigos le habían obligado y ahora ni
siquiera sabía adónde estaban. Desplegué todo un arsenal de encanto y
simpatía que no eran en lo absoluto míos hasta tenerle fascinado,
enganchado a cada una de mis palabras y empapado con el sentimiento de
seguridad que buscaba causarle. También ayudaba que este chico
sencillamente estuviera desesperado por volver a sentirse en confianza
con alguien.
No lo invité al departamento porque lo habría reconocido, de modo que
nos dirigimos a mi casa. Le invité a beber una gaseosa para bajar la
ebriedad que le había dejado el bar, pero pronto él se dio cuenta de que
su estado empeoraba y ya no podía enfocarme con la misma facilidad de
antes. Intentó decir algo, no pudo. Cayó al sofá con un sonido sordo.
Cuando él volvió a abrir los ojos lo primero que vio fue la cabeza de
mi amor como centro de mesa. Lo había dispuesto para que así fuera y su
expresión de horror, de claro e inmediato reconocimiento me inundó de
un placer que era sentí por cuenta doble. Le agarré del hermoso cabello
rubio para evitar que desviara la vista.
—¿Sabes quién es él? –pregunté.
—¡No, no! ¡Por favor, déjame ir! ¡Déjame ir!
Le empujé la cabeza hacia adelante, casi besando los labios ennegrecidos.
—Te callas la boca, idiota. ¿Crees que puedes matar a un hombre y quedar tan pancho?
—Por favor, déjame…
—¡Que te callas! –Le aplastó la cara contra la mesa. El jovencito gimoteó pero no volvió a suplicar—. Buen chico.
Le soltó. El jovencito se quedó en su posición, dándose cuenta de que
tanto sus piernas como sus manos y cadera estaban sujetas firmemente a
la silla. La silla a su vez estaba sujeta por cuerdas a la mesa y un
pesado librero para evitar que se volcara. Le he tenido que dar una
dosis doble para tener el tiempo necesario.
Fui a la cocina y saqué la comida del horno. Tenía muy buen aspecto y
todavía mejor cuando lo puse al plato junto a las guarniciones. Dos
pedazos, uno para mí y otro para mi invitado. Cuando regresé olí que el
joven se había meado en los pantalones y chasqueó la lengua con
desaprobación.
—Cochino de mierda –le dije con el tono de él—. ¿Te hacía falta de verdad arruinarme mis muebles? Sos peor que un perro.
Dejé los platos sobre la mesa y lo ayudé al otro a erguirse.
—¿Qué es esto? –dijo, cuando puse en frente su cena.
—El corazón del hombre que mataste –le dije con simpleza, cortándole
los pedazos—. Excepto… que tu mitad tiene un condimento especial que el
mío no tiene. ¿Puedes adivinar cuál es?
—Iba a matarme –lloriqueó el joven—. Él me lo dijo, dijo que iba a
matarme y entonces sacó un cuchillo. ¿Qué se suponía que iba a hacer?
¿Dejar que me matara?
—Eso es lo más gracioso del asunto –le dije, concentrado en mi
tarea—. Entiendo perfectamente porque hiciste lo que hiciste. Te
aprovechaste de un momento de debilidad y tuviste suerte, lo tomaste por
sorpresa y salvaste la vida. Yo habría hecho lo mismo. Pero el hecho de
que lo entienda no cambia el resultado, ¿cierto?
—No…
—Sí –afirmé, clavando en el tenedor una porción lo bastante pequeña—.
Ahora vas a comer esto, lo vas a masticar y lo vas a disfrutar porque
yo cocino de la puta madre. Luego morirás y echaré parte de tu cuerpo al
río y otra la enterraré. Generalmente odio el veneno porque estropea el
sabor, ¿sabes? Incluso no me gusta mucho habérselo puesto a esto. Pero
–Se encogió de hombros— es lo que él quiere. Qué se le va a hacer.
Lo obligué a masticar y tragar, alternando con disfrutar de mi propia
cena. Estaba delicioso. Después de cada bocado le hacía abrir la boca
para que comprobara que se había terminado todo. Cuando él se negaba o
escupía le clavaba la navaja favorita de él en un muslo o brazo. Al cabo
de poco tiempo entendió que sus únicas opciones era aceptar el veneno e
irse rápidamente o morirse lentamente, desangrado como él, sin poder
pedirle ayuda a nadie, de modo que más le convenía el corazón.
Pobre idiota ingenuo. No murió de inmediato, desde luego. ¿Qué gracia
habría tenido eso? Toda esa potencial carne en su interior que podría
haber hecho exquisitos platillos comenzó a deshacerse, a dejar de
funcionar o funcionar de mala manera. Recogí los vómitos e hice oídos
sordos a sus aullidos de dolor. A mí me irritaron los sonidos. A él le
encantaron. Me hizo reír un par de veces y darle de bofetadas cuando
intentó darse de cabezazos contra la mesa. En cuanto todo finalizó, tomé
la cabeza de mi amor y le besé la mejilla.
—Dentro de un rato voy contigo, ¿sí?
El rugido dentro de mis tripas llenas de corazón y papas se sintió
casi como un ronroneo. Me levanté a buscar el arma en nuestra
habitación. Sé que hace un buen tiempo alguien habrá llamado a la
policía y no faltaba nada para que empiece a escuchar golpes tras la
puerta. Le he mentido al decir que nadie le escucharía.
Coloqué la cabeza encima de su almohada y yo apoyé la mía en la otra.
Presioné el cañón contra mi sien. Quería que él fuera lo último que
viera.

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