sábado, 7 de marzo de 2015
Cuack, cuack
Se llama anatidaefobia y no es gracioso. La enumeran en listas de curiosidades y hay imágenes por toda la red que pretenden sugerir lo ridículo, lo absurdo, pero no lo es. En el fondo ninguna fobia es irracional. Tiene su propia lógica interna que, por supuesto, será difícil entender desde el exterior.
Por lo general se inicia en un sólo acto traumático. A veces es un miedo que empieza comprensible y, por la particular manera de pensar de un individuo, se engrandece hasta límites indeseables, hasta manchar todo, hasta que ya no existe paz mientras se está consciente. E incluso cuando no lo está. Ninguno reiría si se tratara de ustedes.
Conmigo empezó una tarde de verano en la granja de mi tío. Uno de mis primos se nos acercó a nosotros los más jóvenes y dijo a modo de presentación “¿sabían que los patos tienen dientes?” Inmediatamente todos le decíamos que no, no sabíamos. Alguien dijo que eso no era posible. Antes de eso sólo los habíamos visto patos en zoológicos o en el estanque de la granja, a distancia, por lo que teníamos la recién descubierta duda colgando.
Lo que mi primo nos mostró fue la cabeza cercenada de un pato. La había sacado de la cocina, adonde mi tía preparaba el resto del cuerpo para el almuerzo que nos había traído ahí. Es extraño, pero no recuerdo haber sentido aversión por los restos de cuello machados de sangre sucia que atraía moscas a cada instante. Excepto eso, y claro por el reciente deceso, parecía vivo. Los ojillos negros reflejaban la luz y, a falta de pupila discernible, cualquiera podía suponer que le eran dirigidos directamente. Esa fue la primera cosa que no me gustó. Costó su buena porción de fuerza abrir el pico del animal, pero mi primo lo consiguió y lo mantuvo abierto para que viéramos adentro.
Dientes en el sentido tradicional de la palabra no encontramos. En su lugar tenía una línea gruesa cerca del borde, salpicada de continuas ondulaciones que dejaban un mínimo espacio entre una y otra. Las tenía tanto arriba como abajo, razón por la cual encajaban tan bien. Una de las chicas pasó los dedos por encima, curiosa. Fue la única que tuvo valor para llegar a tanto. A mí me daba una especie de asco fascinado. Salté cuando cerraron el pico de pronto, como si algún impulso en el cerebro quedara para que la cabeza quisiera protestar por tan invasiva prueba odontológica.
Ahora, con la aparición de Internet, sé qué eran esas cosas. Les sirven para filtrar el agua a fin de comer insectos y algas. También he visto fotos de gente mordida. Está todo ahí. Pero entonces era un niño, no teníamos conexión en casa, y en mi cabeza daba vueltas a la idea de por qué un animal, tan inofensivo en apariencia, necesitaba dientes. ¿Para qué?
Terminaba la demostración, y habiendo conseguido el susto esperado, mi primo sólo arrojó la cabeza contra la pared. Yo la vi yacer entre las hierbas, siendo pronto asediada por hordas de hormigas hambrientas y moscas esperando obtener lo suyo. La lengua era negra y asomaba un poco por el ángulo agudo del pico, ahora negándose a cerrarse. Todavía miraba en mi dirección. Me quedó la sensación de estar asistiendo a una conversación silenciosa de miradas donde, aunque no tenía idea de lo que se estaba diciendo, daba la impresión de ser importante y trascendental. Para cuando las moscas decidieron buscar también en los ojos los secretos para evitar la desnutrición, me estaban llamando a comer. Antes de llegar a la mesa ya me habían servido un grueso muslo de pato. No podía dejar de vigilar sobre el hombro mientras comía, pensando que debería decir que no tenía hambre y meterme a la casa a ver televisión. No lo hice porque sí tenía hambre y entendía en alguna parte de mi mente infantil que ya era tarde para lamentarse.
Esa es la semilla. De ahí viene todo, el principio y la intuición de un final. Mis padres, mis profesores, la gente con la que he entrado en contacto en general opina que soy un hombre listo. No sé por qué creen que eso es algo bueno. Lo único que dice de una persona una afirmación así es que piensa mucho las cosas. Más de una vez son cosas en las que no debería pensar y, aunque sabe que no es así, no puede evitarlo. Es como una picadura de mosquito que sólo se hincha más y más con rascarse, hasta que las uñas acaban abriendo la piel y lo siguiente que se ve es una herida que ni siquiera sangra por la inflamación. Y lo que queda sigue picando.
Pocas personas saben. No se lo digo más que a gente con la que tengo la bastante confianza para saber que no se lo tomarán como esos ignorantes que creen que es chistosa una condición sobre la que no se tiene ningún control. Una de ellas llegó a preguntarme cómo podía comer pato entonces y tuve que responderle, conteniéndome la risa inquieta, “venganza”. Esos platos humeantes y sabrosos no tienen ojos, pero los perdieron mientras yo conservaba los míos. Llegará el día en que ellos me harán pagar.
Lo cual no representa ningún consuelo cuando en su esquina aparecen manchones negros que parecen moverse antes de que de que haya conseguido descubrir lo que eran. Aparentemente es un efecto visual común, que incluso llega a recibir el nombre de “hombras sombra”, pero no creo, sinceramente dudo de que esos presuntas apariciones de las que hablan llegue nada más a la altura de las rodillas; donde con un par de alas y mucho empeño podrían escalar por el resto de las piernas hasta una cabeza todavía injustamente unida a un cuello. Cuando cierro los ojos nadie invita a las moscas a pasearse por mi cuello abierto, ellas sólo aparecen ahí.
No puedo salir de casa en Navidad, Año Nuevo o cualquier otra fiesta donde la gente quiere algo más que pollo. No es absurdo suponer que en medio de tanta demanda uno de estos platillos logre escaparse de los mataderos donde los tienen almacenados. La ley de las probabilidades nos exige considerarlo. Siendo así ¿no es también lógico que al menos uno llegue a la ciudad? Podría haberse subido a un camión, podría haber llegado caminando. Incluso un idiota podría haberlos tomado por mascota y luego perderles el rastro. En este inmenso mundo de posibilidades, sólo un tonto las tomaría a estas como locura.
Y en medio de estos números, de estas vueltas casuales que toma el destino, ¿quién me garantiza que por ahí no aparece el hermano de la cena que estoy teniendo con mi familia? O peor, una madre que sabrá identificar el aroma de su hijo al horno y creerá que todavía es capaz de salvarlo si primero se deshace de todos los obstáculos parlantes que se le crucen en frente. De ahí los doble candado en cada puerta, la escopeta en el armario siempre cargada.
Pero a pesar de todas las precauciones, las sombras siguen ahí. Creo escuchar en las noches sus pasos torpes en el pasillo. Aunque nunca en la vida he visto a un pato caminar sobre madera, ya sé cómo suena. En un rincón, debajo de una silla, escondo una botella que utilizo cuando me hace falta y no puedo salir de mi habitación. Me siento en el borde del asiento, espalda contra la pared y ojos en la puerta, no queriendo saber lo que harían ellos de encontrarme en una posición tan vulnerable mientras descargo la vejiga. Es fácil suponer que en ocasiones debo aguantarme hasta la mañana y soy capaz de descorrer todas las cortinas para que el sol me ayude a descubrir a los intrusos nocturnos. Por supuesto, para entonces se las han arreglado para desaparecer.
Cuando finalmente me encuentren no sé qué pensarán hacer exactamente. No hay estudios que hablen de hasta dónde llega la inteligencia de estos animales. De una amplia gama de monos sí, de gato sí, de perros también. ¿Pero patos? Yo no he visto ninguno todavía y he buscado por doquier. Quisiera conocer mejor a mi enemigo para prepararme, pero a nadie le importan lo suficiente. De modo que es puro de la imaginación querer prever su objetivo. A lo mejor sean víctimas de su propio instinto depredador y hagan de mi fin una experiencia traumática pero veloz. También podrían ser extremadamente sofisticados y sensibles, por lo que procurarían alargar el tormento de forma indefinida.
¡Ja! Quizas no tenga nada que ver con eso. Tal vez este sea su castigo. Seguirme el resto de mi vida, observando, vigilando. Dejando pequeñas pistas de su presencia que sólo yo, que estoy advertido, estaré habilitado para apreciar. Con sus pequeños ojos negros y muertos, infinitos, insondables, exigiéndome que les devuelva los secretos que tomé en ese primer encuentro y no supe interpretar por ser un niño.
Ahora lo sé. Ahora yo sé que esa cabeza cortada y arrojada al suelo sin importancia era yo, éramos todos. Lo sé y ellos no quieren que otros lo sepan. Puedo irme, pero al final ellos siempre encontrarán su camino hacia mí. Ninguna pared, fortaleza o cubierta los detendrá. Vendrán agitando las plumas de puro contento.
Lo último que oiré será un graznido de victoria.

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