sábado, 7 de marzo de 2015

Réquiem demort



A la mañana siguiente no recordaba qué había soñado. Algo con rojo. Luego nada. Lo olvidó del todo mientras se preparaba como cada mañana. Estaba finalizando el abotonarse la camisa cuando de improviso cayó en cuenta de que no tenía por qué arreglarse porque no tenía ningún sitio al que ir.





Dos semanas atrás el director del Auditorio Nacional de Música mandó llamarlo a su oficina para informarle de que ahora pasaría a formar parte de la lista de desempleados en España. Sólo un selecto grupo sería capaz todavía de ofrecer conciertos, y en él no hacían falta dos chelistas. Sobretodo cuando uno necesitaba partituras especiales en braille y un tiempo extra para aprendérselas antes de cada acto. La novedad de su caso había dado paso a la incomodidad generada por el mismo.



Resultaba más caro y sencillo mantener al muchacho que con un vistazo conocía el siguiente movimiento. Claro que en realidad el director no expresó semejante juicio.


En su pequeña oficina, mientras un ventilador moribundo daba sus giros apáticos, le habló de recortes esenciales e imprescindibles. Mencionó el duro golpe de la crisis sobre todos ellos y lo inconforme que se hallaba él al respecto. Dejaba ir a muchos buenos músicos, excelentes músicos a los que no podía seguir pagando y que por supuesto no iban a quedarse por caridad. Habló de que era una jodienda contra la cual no podía luchar más, que era la única opción que le quedaba. Augusto se limitó a asentir y aceptar su última paga, aunque su mundo interior se estuviera derrumbando. En estado de shock comprendió que fueron diez años de frotar cuerdas frente a una audiencia expectante echados a la basura.


Le resultó increíble haber omitido ese detalle, justamente esa mañana. Lo achacó al hecho de que una parte de su cerebro continuaba dormida y sólo seguía una arraigada costumbre.


Entró en el baño tras golpear la puerta. Desde que tuviera que alquilar la habitación de invitados (de momento, su única fuente de ingresos), ni una vez había coincidido con su nuevo inquilino en el baño, pero no por eso dejaría de golpear así como tampoco pensaba dejar de echar la llave a su habitación cada vez que se alejara de ella. Prefería prevenir a lamentar.


Ubicaba la pasta de dientes en el lado derecho del botiquín tras el espejo, la encontró. Comprobó que siguiera en el nivel en que lo dejara la última vez. Bien. Su cepillo de dientes colgaba de un pequeño gancho unido a la pared a la izquierda del lavamanos. Agua fría a la izquierda para llenar el vaso de vidrio al lado. Un repaso del dedo para saber que las cerdas estaban húmedas.


El sabor de la mente fuerte le despabiló un poco. No escuchaba nada proveniente del pasillo o la cocina, lo que significaba que su inquilino otra vez se había levantado temprano o continuaba dormido. En todo caso, era una buena manera de empezar la mañana. Acabado el proceso puso meticulosamente cada artículo en su lugar antes de regresar a su cuarto. Se sentó al escritorio a cinco pasos de la puerta y encendió el ordenador, colocándose los audífonos en el proceso.


Maldijo entre dientes cuando la voz robótica le dijo que había escrito mal su búsqueda por Google. Esta vez puso más atención en las letras, dejando que el programa se las leyera de dos en dos. Por fin pudo acceder a los resultados. Presionó el primer enlace, al cual ya había accedido con anterioridad y cubrió con el mouse toda la superficie para enterarse de qué decía. Nada nuevo desde ayer. Revisó su correo electrónico también. Nada.


En la cocina encontró lo que necesitaba exactamente donde recordaba haberlo colocado. No ignoraba la suerte que había tenido con el hombre al que escogió para alquilar. Podía entender que no debía ser fácil mudarse a un departamento donde la regla de oro era que cada objeto debía ser lo menos movido posible, pero de momento no habían tenido ningún problema al respecto y estaba agradecido. Su peor temor había sido vivir en un desorden perpetuo que volviera a su hogar una jungla desconocida. Tomó el desayuno pensando en lo que podría ocupar el resto del día.


Habiendo llegado a la conclusión de que, sin nuevas ofertas de trabajo ni respuesta a sus solicitudes, no poseía obligaciones inmediatas, decidió que al menos podría practicar un poco. Aún quería lograr esa transcripción de Giuseppe Tartini a chelo que le habían enviado unos días atrás. Se decía que era la pieza más difícil para tocar en violín. Ponérsela de meta sería una buena defensa contra el más pleno aburrimiento. Primero comprobó que su compañero no estuviera, porque le molestaba tocar con silenciador, y escuchó, aliviado, la falta de protestas cuando apagó y encendió las luces de forma intermitente. Tampoco las hubo cuando se adentró para poder abrir la ventana, porque le parecía que el aire estaba demasiado caliente para eso.


Ya acomodado el instrumento entre sus piernas y el arco recargado de resina, Augusto volvió a pasar los dedos encima de la partitura para asegurarse de que era la correcta. Leyó las palabras “El trino del diablo”, seguido del nombre del autor y abajo las primeras notas. Tocó sin pausa más allá del mediodía, olvidándose del almuerzo.





El mundo era un caos constante. La única diferencia entre un paso seguro y un choque era el bastón blanco indicando el principio y el fin de los caminos. Odiaba llevarlo. Le gustaría que el exterior fuera como dentro de sus paredes; sin sorpresas, sin grietas nuevas, sin ideas del gobierno que acababan en reducciones de aceras en pro de las calles. Aun así lo prefería a tener que depender de un perro o ir del brazo con algún voluntario. Eso sí sería humillante.


Tras deshacerse de la basura, regresando a su piso escuchó de pasada la conversación entre la señora Baldillo y la señora Campos. No tenía que verlas para saber que una era una vieja cincuentona encantada con tener motivos para escandalizarse y la otra una madre joven agotada de serlo. En el momento de su llegada la señora Campos ya se retiraba a recoger a sus chavales, de modo que la que quedaba, la vieja señora Baldillo, no tuvo más remedio que utilizarlo a él para seguir exprimiendo su nuevo tema favorito. Y como siempre hacía en esas conversaciones, le aclaró de quién se trataba antes que nada, y en habitual respuesta, Augusto desgastó saliva diciéndole que la había reconocido.
Ignorándole, la señora Baldillo procedió a ponerle al tanto de las últimas novedades que tenía al barrio agitando las lenguas. ¿Conocía a la familia García de la otra calle? Ellos habían perdido a su niña el viernes. Nadie sabe lo que pasó con ella, parece ser que desapareció de la noche a la mañana. Los padres confirmaron que la puerta no había sido y la ventana llevaba años atorada, por lo que nadie podría haberla sacado por ahí. Pobres, no me puedo ni imaginar el infierno por el que habrán pasado estos días. Menos mal que tenían a su hijo mayor sano y salvo.


Bueno, sucede que hoy por fin tuvieron noticias. ¿Había visto el parque de estacionamiento que reformaron hace poco para ser parque a secas? Ahí fue donde la encontraron. Un espectáculo espantoso, horrible. Al parecer la encontraron a la nena en el juego ese de sube y baja, completamente abierta. Así como te digo, de arriba abajo. Gracias a Dios que ningún chaval estuvo para verlo porque antes una chica, que vivía cerca, se asomó a la ventana y llamó inmediatamente a las autoridades. Ya se la han llevado, ya están haciendo las investigaciones, pero el dolor de los padres no se los quita nadie tras ver a su pequeña así. ¿Qué clase de monstruo va a ser ese que haga sufrir a un inocente de esa forma? Y no te imaginas lo peor, la cosa más espantosa de todos. Dicen que ella ni siquiera estaba muerta cuando empezaron, lo que ya te dice mucho acerca de cuán enfermos eran esos sujetos. Hoy hubo mucho revuelo para llevársela y hacerse cargo del cuerpo, pero mañana ya vas a ver el circo que se forma. Mañana mismo las ratas saldrían con el micrófono en mano y las cámaras buscando cómo exprimirles hasta la última gota de sufrimiento.


Augusto concordó absolutamente en todo y excusó que estaba esperando una llamada por un asunto del trabajo. La señora Baldillo, cuyo marido pasó los últimos años de su vida en paro, le dijo que mejor fuera corriendo y recomendó, en forma de despedida, tener mucho cuidado al salir por las calles. A saber qué clase de locos merodeaban de noche.


De vuelta al departamento notó que su inquilino había regresado y estaba encerrado de vuelta en su habitación. Escuchó sus pasos ir de un lado al otro desde el pasillo. Le ofreció cenar juntos en el comedor y no le sorprendió recibir una negativa junto al agradecimiento. La primera vez que lo oyó pensó que sería un hombre joven, menos de treinta años, estatura media (impresión suya) y fornido (los muebles rechinaban bajo su peso). No tenía confianza para pedirle tocar su rostro y averiguar más allá de eso.


—-


La ceguera no le vino desde el nacimiento como a la mayoría. Comenzó a dar los primeros pasos sobre su vida al cumplir los seis años y, a medida que pasaban los años, iba adquiriendo mayor confianza para bajar completamente el velo. Un año lo tuvieron usando lentes de cristales gruesos antes de que el oculista se rindiera. Despertó una mañana para ir a la escuela y se dio cuenta de que, por más que abría los párpados y encendía todas las luces, el mundo continuaba en tinieblas absolutas. En su desesperación destrozó su cuarto. La sensación de terror y tristeza no pudo ser aplacada ni siquiera cuando le dijeron que podía faltar a clases por ese día. Sólo pudo seguir gritando, agitándose, temiendo que si él no veía nadie más sería capaz de verlo a él y pronto dejaría de existir. A lo largo del día dejó de gritar, pero aun lloraba de vez en cuando. Sentarse frente al televisor por las caricaturas de la tarde nunca sería lo mismo.


Creía que debido a que hubo un tiempo en que veía tan bien como cualquiera podía soñar con colores. Los escenarios podían ser absurdos, los personajes sin rostros definidos, las situaciones completamente incomprensibles para su mente consciente, pero mientras existieran eran visibles para él. Nada lo diferenciaba de cualquier hijo del vecino en su mente.


Esa fue la primera vez que soñó con el teatro. Jamás había visto la inclinación de las cortinas a los lados del escenario ni la disposición de las sillas de hierro oscuro, tapizadas de terciopelo suave en el asiento y la espalda, pero ahí estaban, claros y obvios en sus detalles. No tenía idea de si en la realidad poseían esa gama de colores rojizos y anaranjados, ni que las musas esculpas en las columnas que sostenían los palcos tuvieran miradas fijas como si ellas también hubieran pagado por un buen espectáculo, pero aceptó estos hechos con la alegría usual que sentía sabiendo que se había trabajado su camino hasta ese punto. Las gradas a las que los artistas debían subir en cada función había desaparecido, dejando sólo una silla negra sencilla y su chelo, brillante y lleno de dignidad erguido en un soporte cercano. No hacía falta atril alguno porque él conocía el tiempo de cada acorde necesario.


Llevaba un traje de etiqueta negro, cuya chaqueta se abrió especialmente para hacer una reverencia a una interminable sucesión de asientos vacíos. Lo hizo tres veces en tres lados distintos sin perder la sonrisa de satisfacción de los labios. Tomó el arco puesto encima del asiento, se acomodó y puso el chelo, con la pica ya ajustada, en posición.


Cuando las cuerdas comenzaron a vibrar, sólo entonces reconoció la pieza. Concierto para chelo en Mi menor, Opus 85 de Edward Elgar. Una de las primeras obras que acabó determinado su selección musical. Recordaba fácilmente la gentil fuerza con iniciaba en el primer movimiento, falto de modestia como también de regodeo. El chelo entraba dueño del espectáculo y a lo largo de la pieza, su baile por el aire, sus notas agudas sostenidas, hablaban de una gracia propia y casi celestial.


No le sorprendió el acompañamiento de la orquesta súbito en el escenario vacío. Su sonido nada más venía a complementar el que él creaba, venían detrás como una fila de patos tras la mamá. Cuando abrió los ojos (siempre los cerraba, aunque no hiciera diferencia), vio a alguien ocupar el primer asiento. Las luces no le permitieron distinguir más que una figura oscura, pero estaba ahí, sentada en la tercera fila al centro y, sin tener idea del cómo, sabía que estaba feliz con su interpretación.


Comenzó a balancearse con la música. Podía hacerlo estando de pie. Vio a su silla donde ahora se sentaba una niña de entre unos once o doce años. El cabello rubio había sido cortado casi hasta el rapado y su cabeza se apoyaba justo encima del respaldar, mirando al techo con un par de ojos verdes vacíos. De su boca abierta, decorada con un lápiz labial coral, salía el mástil oscuro de su chelo. Las cuerdas habían cambiado su color y textura, blancas, elásticas y suaves a la presión de sus dedos al pasar el arco (hecho con cabello rubio) encima de la garganta abierta. Las efes encima de sus mejillas parecían orificios naturales de su rostro, no sangraban en lo absoluto.


Ella era la estrella de la noche y se había vestido correctamente para la ocasión. Un discreto vestido formal negro cubría sus infantiles formas mientras conservaba las manos posadas en el regazo de forma recatada. Los pequeños zapatos de charol no llegaban a tocar el suelo. La música salía aguda de ella, infantil e incluso ingenua, pero también poseía una nota oscura.


Muy apropiado para la niña que le robó su bastón una vez que se agachó a atarse los cordones y le obligó por tanto a hacer el camino a casa con las manos saltando constantemente al frente en busca de obstáculos, los pies temerosos de siquiera elevarse un centímetro del suelo para no caerse en la calle. Lo humillante de su postura y su aprensión mientras oía, perfectamente, una risa infantil. Jamás había sabido quién había sido el pequeño malcriado y, finalmente, lo tenía para sí bajo su mano.


Era como si aún le dolieran los cortes. Cada nota Mi acentuada por un potente vibrato arrancada un minúsculo gemido, que parecía el castañeo de un instrumento tras ser golpeado. Esto le valía un mayor volumen y sentimiento. ¡Allegro, allegro! ¡Qué importaba que así no fuera el concierto! ¡El arte es improvisación! Y la orquesta, simpática, aceleró en respuesta.


Todo iba tan bien, mejor que en cualquier representación que hubiera tenido en el pasado. Pero tuvo que mirar de nuevo a su instrumento cuando este ya no era el mismo. Ahora se trataba de un muchacho de 17 años aproximadamente. No tenía rostro a excepción de una gran sonrisa. Su garganta estaba intacta como demostraba su risa burlona. El mástil como tal había abandonado su color madera y ahora era color piel, ligeramente coloreada en la punta. Un minúsculo agujero se abría y cerraba, dejando escapar una sangre aguada con un líquido blanquecino.


“¿No quieres terminarlo?” preguntó un repentino susurro sobre su oído y entonces despertó.
Se irguió en la cama en la oscuridad, jadeando y la frente sudorosa. Fue descalzo hacia el baño, golpeándose el hombro contra el marco de la puerta en el proceso y se puso a llenar un vaso de agua fría que arrojarse a la cara. Con las gotas cayendo hacia el pecho de su pijama y su espalda, aun así no pudo eliminar esos últimos rastros del sueño. Se sentía como si le hubieran arrancado de golpe una pared que debía mantenerse incólume para asegurar cierto nivel de supervivencia. Tapó su boca con la mano pero las súbitas ganas de vomitar, por fortuna, se quedaron en unas náuseas soportables.
No habría querido, por nada del mundo, volver a pensar en ello.


Había sucedido cuando tenía 14 años, 8 en absoluta ceguera. El colegio Amor Misericordioso, dedicado a la educación de los invidentes, estaba a una calle del colegio Sagrado Corazón, cuyos alumnos veían. Se le hacía sencillo diferenciarlo; la escuela más ruidosa, la escuela donde los chicos gritaban, corrían sin preocuparse de nada y se chocaban sólo por falta de atención o cuando se les antojaba, ese, no era su colegio. Jamás hubo la menor confusión al respecto.


Ese iba a ser su último año en Amor Misericordioso porque no daban bachillerato. Desde que papá se pusiera enfermo y mamá debía ir de un lado para otro reuniendo dinero, ya no podía buscarlo directamente del colegio como hubiera preferido. En su lugar Augusto iba en el autobús que se detenía en la esquina del Sagrado Corazón. El olor a sudor de obrero era imprescindible era la única distinción que le hacía falta, pues no se molestó en averiguar el nombre de la empresa.


Hacía un calor de cojones. Todo mundo lo decía e incluso en el recreo se estuvieron riendo porque un profesor no dejaba de repetirlo. Cojones, cojones, cojones. ¡Hasta ahí le sudaba todo a uno!
A esas horas los cursos superiores del Sagrado Corazón tenían gimnasia por lo, al pasar en frente de la reja que dividía la acera de su campo, Augusto escuchaba el silbato del profesor llamándolos al orden repetidamente y las pruebas de que no lo conseguiría sino hasta minutos más tarde. Entre el campo y la esquina había un espacio vacío lleno de arbustos que conducían al almacén, adonde se guardaban las redes, pelotas y colchones para hacer ejercicio. Estaba destinado a aprender ese pequeño secreto cuando de pronto alguien lo agarró del brazo, empujándolo contra las ramas.


-¡Apúrense, capullos!


Eran tres chicos escapando de clases. Entre dos lo sujetaban, siendo el tercero el encargado de recogerle su máquina de escribir Perkin y la mochila con sus notas. Las ramas le raspan el rostro y le hacen temer que algo va a clavársele en el ojo inútil pero aun sensible, por lo que cierra los párpados fuertemente.


-¿Adónde?


-Aquí, pringao.


La puerta metálica es cerrada. No se oye ningún sonido de un foco encendiéndose. Lo arrojan contra unos colchones tirados en el suelo y uno, sentándose sobre su estómago y sosteniéndole los brazos con el peso de sus rodillas, le arranca la corbata del uniforme. Un par diferente de mano utilizan la tela para amordazarle la boca mientras una voz ronca le advierte que si abre la boca está jodido. Augusto llora, grita, pero hasta ahí sólo llega los eventuales gritos del profesor y sus soplidos del silbato. Cualquier hilo de pensamiento que pudiera generar se deshace en una espesa nube blanca cuando le bajan el pantalón de un tirón.


-¡Serás gilipollas! ¡Es mi turno!


-Pues te aguantas, hijo de puta… Ya, adelante.


Al terminar le limpian un poco y le vuelven a poner los pantalones. Le dan vuelta para vestirlo como si fuera una muñeca, abotonándole la camisa y anudándole la corbata al cuello. Apenas podía respirar entre los sollozos e hipidos. Uno lo levanta de un tirón y otro le deja sus cosas entre las manos. Se abraza a su máquina, pues ya la creía perdido a ella también. No puede evitar el temblor de sus piernas o el constante palpitar en su cabeza.


-Si dices una sola palabra estás muerto, chaval, ¿entendido?


Eso se lo dicen sin esperar respuesta desde la puerta, cerrándola inmediatamente después.
En casa se deshace de la ropa interior y el pantalón, los dos húmedos en la parte trasera. Mamá y papá habían salido a pedir cita en el médico y no volvieron hasta más tarde, de modo que al llegar ignoraron que ya llevaba tres horas restregándose con cuidado en el baño. Cuando mamá le preguntó por el un moretón en su pierna le dijo que fue un choque contra un pupitre.


Había cumplido con su parte del trato, pero no por miedo a la amenaza, sino porque si le pedían reconocer una entre varias voces un abogado listo, hambriento de ganar casos (porque al Sagrado Corazón no iba gente pobre), argumentaría que era imposible confiar en el oído de un chico tras pasar tan traumática experiencia. Había visto un caso parecido en una serie de televisión. En esos momentos de gran tensión, diría el abogado con su voz de humano comprensivo y razonable, la mente suele confundirse y por lo tanto no habría que eliminar la posibilidad de un grave error.
Por no mencionar la vergüenza de que sus padres supieran qué le habían hecho. Que más gente además de sus padres lo supiera, que llegara a los medios o siquiera a escuela. Sentiría todas las miradas y los murmullos adonde fuera.


De modo que prefirió callar y olvidar. La transferencia a una nueva escuela y el descubrimiento del chelo ayudaron en el proceso de enterrar los recuerdos. Se convirtió en una novedad para las orquestas españolas, comparándolo con el Maestro Rodrigo en su dedicación aunque ni por un segundo se le ocurriera componer nada por su cuenta. ¿De qué serviría habiendo de por sí tanta belleza por dónde escoger?


Excepto ahora, que la novedad se volvió obsoleta y la economía estaba cagada, no había siquiera pensado en ello desde hacía años. La idea era que con el tiempo se convirtiera en un hecho aislado, algo que si llegaba a recordar habría perdido cualquier efecto sobre él. En cambio, de repente, se sentía como si apenas fuera la mañana siguiente y cada moretón de su cuerpo florecía debajo de su piel.


El recuerdo de lo que él supo conformaba su cuerpo a los 6 años se mezclaba con el repugnante sabor que le obligaron a conocer, el olor que desprendían en ese almacén cerrado al entrar en calor, aquel dolor (olvido) secreto y brutal penetrando su cuerpo, demostrando que su memoria sensorial permanecía intacta.


Se cubrió la boca con una mano pero, afortunadamente, sus ganas de vomitar se quedaron en náuseas. El asco, sin embargo, siguió ahí después de beber tres vasos de agua. Resolvió que escucharía la televisión en la sala. No tenía la menor intención de volver a dormir. Por primera vez agradeció el no tener que levantarse temprano para cumplir algún horario.


—–


-¿Escuchaste del nuevo?


-¿Cuál nuevo?


-Al que alquiló un cuarto al músico ciego de arriba, ¿cómo se llamaba? ¿Fausto algo?


-Augusto, se llama Augusto… y no sé de qué me hablas. Yo no he sabido de ningún nuevo en el edificio.


-Bueno, esa es la gracia. Nadie sabe de él. Ni cómo es, de qué vive, a qué hora se va. Nada. Si yo sé algo ha sido nada más porque la señora Baldillo, que vive en el mismo piso, me lo comentó. Y yo te juro que pensé “¿y eso cuándo pasó?” Tú sabes que cuando alguien quiere alquilar un cuarto o departamento aquí tiene que hablarlo con el portero, primero, y luego hacer unas entrevistas para ir viendo quién encaja con el edificio y quién no.


-Sí.


-Pues bien, ni uno ni lo otro. Ya sabes lo mal que ha estado la nena, que si el dolor de panza, que si es alérgica a los gatos que se suben al balcón; en fin, con mi marido afuera y una ociosa no tenía más remedio que ir a hablar con el hombre. Me preguntó acerca del nuevo. ¡Él venírmelo a preguntar a mí cuando recién vengo a saberlo! Pero ahí estaba, clarito en el registro el nombre del sujeto y el señor que no tenía ni idea de cómo era o de dónde salió.


-¿De qué te extrañas? Somos un montón de gente acá. Don Luis ya está viejito para recordar cada cara que se le atraviesa en frente, y respecto al chico, anda a saber. A lo mejor trabaja desde el ordenador o le tiene miedo a la gente, de ahí que no se le vea ni un pelo por aquí. ¿Qué es lo que le pasa a la criatura?


-Ay, ¡qué no le pasa! Déjame que te cuente lo último de lo que se le ocurre adolecer. Dice que ya no le gusta su cuarto.


-¿Y eso?


-Ya no le gusta. Dice que se le hace muy caliente de noche y durante el día está muy frío. Por dos noches me ha tenido vigilándola hasta dormir y en ningún momento he percibido nada distinto. He pensado que a lo mejor sea un resfrío, aunque de las veces que le he tomado la temperatura todo estaba normal. Ah, pero no te he contado lo mejor. No sé si te has dado cuenta, pero nuestro departamento está justo debajo del cieguito ¿y adivina de qué me he enterado? El inquilino ese, que creo que está encima de la habitación de la nena, sí que se mueve de noche. Se lo escucha arrastrando los muebles, caminando bien fuerte como un tipo de la milicia y no se queda quieto ni un segundo. Ni siquiera cuando ya me voy se detiene.


-Anda, mira nada más quién nos salió orejuda.


——-


La segunda vez Augusto no avanzó directo hacia la silla que lo aguardaba. Tras bambalinas, aprovechando la ausencia de directores o maestros de ceremonias que lo apresuraran, vio las sillas del público, vacías. Nada anunciaba la llegada de nadie ni un cambio súbito en la instrumentación. Se adelantó, aun así aprensivo, hasta su puesto junto al chelo y dio las tres reverencias de rigor. En los palcos las musas lo miraban perplejas y algo impacientes, por lo que se sentó tras apartar la cola de su traje. Los colores del recinto volvían a ser rojizos, acaso de un tono más vivo y brillantes que antes.
Con los dedos sobre las cuerdas, oyó los primeros acordes que hacía sonar y reconoció la obra.


Capriccio de Zoltán Kodály. Le alivió que para variar se tratara de algo que pudiera tocar como solista. La única interpretación que le había oído alguna vez fue a manos del gran Mark Varshavsky y, a pesar de que en su vida percibió la partitura requerida, interpretó una correcta sucesión al maestro, un poco más animada. Sumergido en la música, notó claramente cuándo el movimiento de sus dedos cambiaba de orden. Intentó regresar al estado anterior, pero fue inútil. Sus dedos tenían la idea de hacer sonar El trino del diablo, tal como estaba transcripto en la partitura.


Abrió los ojos, encontrándose todavía en la silla y el chelo vibrando entre sus piernas. La única real diferencia era que no estaba solo en el escenario. Frente a él tocaba, de pie al lado de otra silla, una silueta llena de colores sin forma clara. Una visión fuera de foco, a segundos de desparecer, cuyos dos tentáculos hinchados sostenían un nuevo arco y mástil.


En la silla estaba atado el muchacho sin rostro de la ocasión anterior. Las gruesas cadenas que envolvían su pecho y piernas lo hacían agitarse como un demente, pero ni su captor aflojaba el agarra sobre el pedazo de madera que le salía de la garganta ni la silla se movía un centímetro, como si estuviera fundida con el suelo.


El manchón hizo una pequeña inclinación de cadera y procedió a pasar el arco por las puertas abiertas en el cuello. El La le siguió al Mi, el Sol al vibrante Re. Y cada vez que una nota moría en el aire, un delgado río de rojo salía de entre el espacio de las cuerdas y el instrumento lo acompañaba con un agonizante gemido, sorprendentemente afinado para las circunstancias. Cuando fueron cuatro ríos marcando cuatro líneas rectas a lo largo de la camisa blanca, el artista lo dejó reposar en silencio y se le acercó.


Todavía tocaba la música cuando le susurró con la misma voz de antes:


-¿Estás listo para acabarlo?


Detrás de él, las cadenas del muchacho se cayeron al suelo y este, completamente animado, se irguió sobre sus piernas. El mástil sufrió otra transformación, pero en lugar de ser el miembro malformado de la última vez se trataba de una lengua gigante, siseando cual serpiente, buscando, a falta de nariz, nueva comida.


Se forzó a despertarse.


Solo en la oscuridad indiferente del cuarto, Augusto no perdió el tiempo buscando su calzado para ir por casa. Salió de la cama y al pasillo, los brazos extendidos para sentir las paredes lado a lado. En cuanto su mano rozó el borde de una puerta se puso en frente de ella y levantó el puño, dispuesto a golpear.


Pero un segundo antes de que impulsara su mano, sintió un cambio en el ambiente: alguien más había abierto la puerta. Y ese alguien continuaba al otro lado de ella, dentro de la habitación, mirándolo.


-¿Pasa algo?


La voz de antes. ¿Cómo podía ser tan tonto que no lo recordara? Mientras hacía la rápida relación en su mente, también recordó: él nunca había puesto avisos de alquiler de cuarto. Lo pensó, lo pensó durante días, pero al final decidió que valoraba su privacidad lo suficiente como para venderla por unos cuantos euros sin verdadera necesidad. Estaba seguro de no haber entrevistado a nadie. Un día sencillamente sucedió que ocupaban la habitación de al lado.


-¿Te pasa algo, tío?


-¿Quién eres? -preguntó sin pensar, pues era lo primero que quería saber.


El inquilino se tomó un segundo para responder.


-Joder, ya era hora de que despabilaras.


—-


Sentado en la mesa de su cocina a las 3:00 a.m., no lo entendía. Escuchaba las palabras que salían de su falso inquilino. Demonio viajante. En búsqueda constante de humanos especiales a sus ojos, cuyas emociones resultaran deliciosas para su nariz. El miedo era exquisito, no cabía duda, pero el chocolate verdadero se hallaba en el rencor. El odio. El único sentimiento capaz de darle vuelta al mundo tantas veces como se antojara y de vuelta a su eje.


El suyo era añejo, bien conservado. Primero por su madre por llevarle siempre de la mano en los primeros años en que perdió la vista, incluso dentro de su casa. Luego por su padre por enojarse con él por romperle un vino carísimo que tenía guardado. Más tarde la gente que ponía voz de lástima nada más verle y la constante sensación de que todos lo consideraban un inútil. Era por eso que tuvo tanto éxito con el chelo, se veía claro. Se vengaba con cada acorde, les escupía en la cara a cada uno de ellos cuando conseguía hacerle justicia a los clásicos, románticos y barrocos.


Oh, pero la niña, esa fue especial, ¿no? Justo el mismo día en que te despiden y en lo único que puedes pensar es en volver a casa para digerir el trago en paz, un niño, al que nunca habías oído y con el que no tienes ninguna relación, decide caprichosamente burlarse de ti y hacerte ver como un pésimo mimo en las calles. Riéndose, siempre riéndose. Y hay que ver, los bastones esos desplegables no son baratos. ¿Cómo no iba a tocar puro allegro después de que faltara?


-Pero no sabía de ese trío hasta que me quedé contigo. Eso lo tenías oculto muy adentro, te lo reconozco, pero también estaba ahí, como un pedazo de lucha entre los dientes. Te lo sentías todos los días contra la lengua y no te dabas ninguna cuenta, por costumbre. El permiso para acabar a la niña ya me lo diste el primer día, pero necesito uno nuevo para hacer lo mismo por esos tres. Eso, si quieres. Nosotros le tenemos mucho respeto al libre albedrío, de modo que no podemos forzarte.


Augusto no dijo nada unos segundos. Incluso ciego le estaba dando una clara mirada de escepticismo.


-Nada de lo que dices tiene el menor sentido.


-Ah, claro -dijo el falso inquilino-. Dejaste de creer en todo justo después de eso. No te culpo. Si algo así pasa tranquilamente en el patio de una escuela católica a buenos estudiantes católicos, y los culpables lo único que hacen es graduarse, tener empleos estables y esposas hermosas como castigo, entonces no tienes mucho espacio para ninguna fe. Esa es otra cosa que me agrada de ti.


-Creo que será mejor que te vayas de mi casa.


Augusto se levantó de la silla y oyó que el otro también lo hacía. Levantó las manos en ademán defensivo cuando supo que se acercaba, pero sólo escuchó lo siguiente:


-¿Estás seguro? Puedo devolverte la vista si quieres.


-Largo -dijo Augusto, odiando el saber que esas palabras le habían tocado adentro.


-¿Seguro? -repitió el falso inquilino y, antes de que Augusto pudiera echarse atrás, le presionó un dedo sobre la frente.


La sensación vino inmediatamente después: fue como si los hubieran unido una corriente magnética. Sus piernas se encontraban inmóviles. Entonces percibió una especie de empujón detrás de los ojos. La luz, débil y a pasos de bebé aprendiendo a gatear, se coló por el centro de su universo oscuro y expandió igual que una mancha de aceite en cada parpadeo. Encontrar colores dentro de la neblina y ver a la neblina despejarse resultó casi simultáneo. En poco tiempo tuvo cada objeto perfilado y definido.


Su inquilino se le presentó por primera vez claro y nítido: un hombre alto, más de lo que había supuesto, pelirrojo de cabello lacio hasta los hombros, barba candado roja y una chaqueta oscura apropiada para un motociclista. Su piel era ligeramente colorada y pecosa encima de la nariz. Miró al costado su mesa y el modesto mantel de diseño floral que lo cubría. Vio las sillas negras con los almohadones de color verde suave. Al otro lado, el sofá en su sala. Una mancha de origen desconocido había estado encima del lugar donde solía apoyar el codo.


De pronto tuvo la urgente necesidad por ver su rostro. Recordaba al niño, fotos del bebé. ¿Cómo era ese adulto frente a un espejo, todavía más certero que los dedos y la imaginación? Se volvió en dirección al baño pero, entonces, la conexión magnética se rompió y la oscuridad arrasó de nuevo. Se detuvo completamente, como si acabaran de ponerlo al borde de un precipicio.


-Puedo hacerlo permanente -le dijo el falso inquilino a sus espaldas-, y sin tener que tocarte. Ya no serás más uno de los discapacitados al que tienen que ayudar a bajar escaleras. Lo único que tienes que hacer es dejarme llegar a ellos. Yo me encargaré del resto mientras tú disfrutas de este mundo tan colorido tuyo. ¿Qué me dices?


Augusto volteó adonde creía que estaba su sofá. Le gustaría poder asegurar la eliminación de esa mancha. Entre otras cosas. Se volvió al falso inquilino.


-Ni siquiera sé cómo te llamas.


-Rocky.


-Creí que ibas a decir Belial o Lucifer. O Satanás.


-Tío, con lo que no sabes de demonios… Pero no entremos en detalles innecesarios -Augusto lo sintió frente sí. El otro lo tomó la mano y sin brusquedad separó el dedo índice, haciéndolo caer en el centro de su propia palma de tacto áspero-. ¿Entonces?


Augusto, entendiendo, asintió con la cabeza. Su uña rozó la piel mientras sellaba su destino.
La primera cosa que vio fue el fuego del infierno envolviéndolo desde el suelo. Podía tocarlo sin preocuparse. Contenía colores y combinaciones dementes que nunca podría haber imaginado. Le estaba quitando sus últimos rastro de humanidad, su alma, de por sí maltrecha por los años de rencor y frustraciones, se deshacía en un humo fantástico sobre su cabeza pero a él no le importa, no le entristecía. Estaba feliz.


Era la cosa más hermosa que había visto.

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